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domingo, 9 de septiembre de 2007

Camping Motel Sierra Nevada

Esta es, para mí, la joya de la corona del barrio, el Camping Motel Sierra Nevada. Está situado en la carretera de Jaén, justo enfrente de Alcampo y a menos de 500 metros de la Estación de Autobuses. Todo un vergel, un reducto para la expansión, que se ha ido quedando dentro de la ciudad, acogotado ante el avance imparable de las grúas, del cemento y del ladrillo, de los coches -y subproductos como los quads- y del consumismo voraz de su vecino de enfrente.
Siempre me ha llamado la atención el uso de la palabra "motel": suena a escenario norteamericano, a lugar para las andanzas de Sailor y Lula, la pareja inventada por Barry Gifford. Y bueno, esa es la estética que luce.
Nunca he tenido la ocasión de acampar aquí; vivo cerca y sería absurdo. Pero sé que es un lugar que cuenta con buenas dotaciones y que ha recibido numerosos premios por la calidad de sus prestaciones, ya desde los años 70, tal como puede leerse en las placas que luce en la fachada.
Tiene dos piscinas de uso restringido para los campistas: es un requisito imprescindible. Alguna vez han tenido que sacar a alguna señora del barrio empeñada en saltarse las normas a la torera y que, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, se ha tirado en plancha a una de las piscinas, con su bambo de fantasía, su pelo tintado y sus chanclas de no menos colorines. Al parecer, solo atendió a razones para salir de la piscina cuando los socorristas la amenazaron con obligarla a hacer largos durante todo el día, lo que le pareció un precio demasiado alto que no estaba dispuesta a pagar.
Me pregunto cómo ha sobrevivido este oasis milagroso al acecho sin escrúpulos de los depredadores de cualquier vestigio verde en la ciudad: sin duda representa un terrero muy apetecible para los dioses del hormigón. ¿De cuántos bloques estamos hablando? ¿Y plantas? ¿Y pisos por planta? O estudios para los estudiantes del campus de Cartuja. ¿Y en términos de plazas de garaje? Me pregunto si, por maravilla, goza de alguna protección especial.
Al menos, para quienes no acampamos allí, la terraza y el restaurante sí son de acceso público, y durante las noches de verano se está en la gloria con una cerveza fría y es frescor de los árboles y la piscina. Lo que no me gusta es que también aquí las sillas y las mesas sean de plástico proporcionadas por una marca publicitaria. Pero puedo transigir con ello, a cambio de que este camping motel siga durante muchos años en su actual emplazamiento. Es mi sitio favorito del barrio.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Mercadillo y Rastro en domingos y festivos

Esta es la Avenida de Joaquina Eguaras: es la arteria que vertebra el barrio, y debería estar más mimada en sus dotaciones, en la arboleda y en sus atracciones.
Joaquina Eguaras (1897-1981) es un buen nombre para cualquier calle, plaza, biblioteca o centro cultural. No en vano ella fue una de las primeras mujeres intelectuales de la Granada contemporánea. Hizo Magisterio e inició en 1918 la carrera de Filosofía y Letras, lo que la convirtió en la segunda mujer universitaria de Granada. Alumna brillante, que, sin embargo, hubo de entrar los primeros días a la Facultad por la puerta de atrás, concluyó su Licenciatura en 1922 con Premio Extraordinario y Matrícula de Honor en todas las asignaturas. Sin duda, un modelo para todos los hombres, mujeres y travestis del barrio.
Y ya que tenemos la avenida con su perspectiva de árboles que podrían estar mucho más frondosos, el siguiente paso sería organizar un Mercadillo con un poco de gusto, con estilo, con unas exigencias mínimas de calidad y de presentación, con unas estructuras sólidas en las que instalar las carpas, los mostradores, la oferta de artículos.
Podríamos encontrar desde productos de delikatessen, rincones del gourmet a productos artesanales: salazones, repostería, pan de Esfiliana -o buen pan, simplemente, y no ese que venden en la panadería de al lado de mi casa y que parece goma de mascar-, melocotones de Purullena, aguacates y chirimoyas de Almuñécar, chorizo de Noalejo, espárragos de Huétor Tájar, roscos de Loja, piononos de Santa Fe, quesos de La Alpujarra, aceite de las almazaras de Montillana y Benalúa de las Villas, hortalizas de la vega, flores, mascotas, cerámica de Fajalauza, además de todo tipo de productos foráneos o especialmente frecuentes en la gastronomía de los ciudadanos extranjeros que residen en nuestra ciudad: soja, pasta china, fríjoles...
A la vez también serviría de Rastro para venta de libros, discos o artículos variados de segunda mano; artesanías de cuero o madera, muebles y objetos de decoración que no tienen cabida en las mudanzas, grabados, antiguallas que dejaron de gustarnos -el teléfono de baquelita negra de la tía Enriqueta, etc.
Sería una opción frente a quedarse durmiendo los domingos por la mañana.
Pero además, los bares de los alrededores podrían sacar sus mesas -mesas con cierto empaque, por favor: ya está bien del cutrerío de mesas de plástico de la coca-cola o de San Miguel- y sacarse unos cuartos con los desayunos y el aperitivo. Y nos serviría para hacer un poco de ejercicio, que tanta falta nos hace. (Ya saben que también esta avenida lleva como sobrenombre "avenida del colesterol").
Quizá con el tiempo lo veamos, pero tenemos que pedirlo, solicitarlo, sugerirlo o incluso exigirlo.
(Sus propuestas y sugerencias son bienvenidas. Gracias)